martes, 18 de agosto de 2015

Hay historias que viven solo por el hecho de estar escondidas, que crecen con el misterio, con la curiosidad que uno crea desde el desconocimiento. Una fuerza que le gana a la intriga, e inmediatamente, casi de forma inconsciente, te obliga a imaginar cientos de historias alrededor.

Hay un personaje que me representa todo eso. No lo veo siempre, pero cada tanto aparece y viajamos en el mismo bondi.
Salgo bastante tarde de la facultad, y practicamente atravieso media provincia para poder darme ese lujo que es el estudio. Dos horas de viaje, y si hay viento a favor, un poco menos.
En esa vuelta es cuando lo cruzo, allá por Liniers. Es un hombre bastante mayor, debe tener 65, o por ahí algunos años más. Siempre fumando su pipa, al mejor estilo popeye. y la mayoría de las veces con un sueter gris, bastante agujereado y añejo. Un hombre que a la vista te hace pensar que está en situación de calle y te preguntes más cosas de las que te gustaría..
Pero tiene una particularidad que hace que se destaque del resto de los que esperamos el colectivo.
Nunca lo vas a ver sin su violín abajo del brazo, un estuche tatuado por el viento con el desgaste propio del tiempo. Ahí es cuando se me abre un interés especial, y sigo pensando ¿cuántas historias habrá ahí adentro? ¿cuántas cosas podrán contar ese par de manos y esas cuerdas? ¿cómo será su vida? sus dias, sus noches, su todo.. Ese todo que queda flotando en la imaginación y se diluye con la infinidad de posibilidades.
Personajes de la ciudad que hablan sin decir una palabra.

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